Con origen en el latín curiositas, la curiosidad es la intención de descubrir algo que uno no conoce. Dicha voluntad suele enfocarse a cosas que a la persona no le atañen o que, supuestamente, no le tendrían que importar.
Claro que es tan interesante la curiosidad que, como se menciona en el tercer párrafo, compartimos con el resto de los animales, como el mecanismo que adquirimos y ponemos en marcha cada vez con más intensidad para bloquearla. ¿Cómo consigue una persona que en su infancia mostraba una inquietud constante, convertirse en un ser moderado y reacio a los cambios?
A través de los consejos de los mayores y de las decepciones de la vida, poco a poco nos vamos convenciendo de que los riesgos no valen la pena, y así vamos apagando nuestra curiosidad. Una vez más, el poder de las imposiciones sociales nos moldea, sacrificando algunos de nuestros mejores rasgos en el proceso.
La metáfora de uso popular “la curiosidad mató al gato” tiene origen en la lengua inglesa y sirve para advertir acerca de lo peligroso que puede resultar investigar o experimentar en exceso. Existe asimismo un final para dicha frase, aunque no se usa con tanta frecuencia: “pero la satisfacción lo revivió”. Cabe mencionar que su versión original no contenía el término “curiosidad”, sino “preocupación”, y su primera aparición en la literatura se puede apreciar en la obra “Every Man in His Humour“, del dramaturgo británico Ben Jonson, en el año 1598.
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