Del latín passus, paso es un término con múltiples significados. El concepto puede referirse al movimiento de los pies al andar: “Cuando quise dar un paso al costado, tropecé y me golpeé la cara contra la maceta”, “Por favor, da un paso adelante así puedo barrer esta zona”.
La organización de un proceso en pasos tiene diversos beneficios. En primer lugar, permite repetirlo exitosamente tantas veces como se desee, obteniendo el mismo resultado cada vez. Por otro lado, también ofrece la posibilidad de enseñarlo a otras personas, para que puedan reproducirlo por ellas mismas; esto ha sido clave para la educación y para la transmisión de conocimientos entre los seres humanos desde tiempos inmemoriales.
Al comunicar una idea estructurada en pasos, es más fácil explicarla y aprenderla, ya que esto abre las puertas a una exposición fraccionada del proceso: al conocer todos los pasos, la persona que asume el rol de maestro puede decidir impartir el contenido en varias sesiones, para que el alumno tenga más tiempo para asimilar cada parte.
Pero este tipo de organización del contenido no sólo es beneficioso para la divulgación, sino que también permite detectar fallos con más facilidad: si un proceso no arroja los resultados esperados, lo aconsejable es repetirlo pausadamente para encontrar el paso que provoca el error, y así poder corregirlo en forma aislada.
Desde nuestro nacimiento, aprendemos a reproducir un gran número de procesos, aunque por lo general no somos conscientes de los pasos que los componen; esto explica ciertos vicios en nuestra postura, en nuestra forma de caminar y de hablar, por ejemplo, los cuales pueden ser corregidos a través de una reeducación que nos muestre las partes independientes de dichas acciones.
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