Se entiende como vida a la existencia. El término suele aludir a la actividad que lleva a cabo un ser orgánico o, con mayor precisión, a su capacidad de nacer, desarrollarse, reproducirse y morir. Lo cotidiano, por otra parte, es aquello que se realiza todos los días.
La vida cotidiana es un concepto tan relativo como el amor, y al mismo tiempo puede llegar a volverse tan rígido e incuestionable como éste: no dudamos en levantarnos por la mañana y desayunar, ir al trabajo, volver para cenar y acostarnos a dormir, ni tampoco nos preguntamos si debemos continuar amando a nuestros seres queridos cada día; hacemos todo eso y mucho más con aparente normalidad, pero esto no significa que no existan pequeñas fisuras en nuestro interior, sino que a menudo las desatendemos para no atentar contra nuestra estabilidad.
Cuando una persona se va de su país porque no está conforme con la calidad de vida, o se enemista con su familia a causa de no sentir una unión verdadera con ella, tiene lugar un quiebre muy importante, que muy pocas personas se atreven a experimentar.
Dejar atrás lo cotidiano es difícil, ya que cada segundo de la nueva vida nos recuerda que somos “recién llegados”, seres que pertenecen a otra realidad y que deben esforzarse mucho por encajar y encontrarse a gusto. Sin embargo, a pesar de que la vida cotidiana parezca el espacio en el que nos sentimos seguros, muchas veces está en el riesgo nuestra verdadera felicidad.
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