Del latín pusillanimis, pusilánime es un adjetivo que menciona la falta de ánimo y valor para soportar las desgracias o para superar grandes desafíos. Alguien pusilánime es temeroso, dubitativo y falto de coraje. Por ejemplo: “Los soldados no pueden ser pusilánimes: siempre tienen que actuar con determinación y valor”, “No seas pusilánime y enfréntate a tu padre”, “Ricardo es un pusilánime; tolera que todo el mundo le falte el respeto y nunca se atreve a defender su posición”.
Otra de las problemáticas que plantea en su artículo es la represión que deben soportar los docentes, especialmente en Norte América, dada la paranoia que gira en torno al acoso sexual, más precisamente, a su variante “visual”. Explica que es común que los profesores fijen la vista en una persona mientras dictan clases, independientemente de su género y de su orientación sexual, buscando “personificar” a la clase entera de manera inconsciente, y resalta el peligro que eso conlleva en la actualidad, dado que algunos estudiantes pueden tomar dicha acción como una molestia cargada de lujuria.
Ante el peligro de recibir una denuncia por acoso sexual visual, gran parte del cuerpo educativo norteamericano busca dejar la mirada perdida en el techo o en las paredes de las aulas mientras realizan su trabajo. Esto puede parecer trivial, pero es una muestra más de lo deficiente de nuestras estructuras sociales, que ya no se basan en la comunicación directa, en el diálogo, sino en transitar caminos prefabricados, sin importar hacia dónde nos conduzcan.
En resumen, Javier Marías trata con altura y destreza literaria un fenómeno innegable que debería preocuparnos a todos: estamos perdiendo nuestra identidad como especie; nos hemos convertido en seres irritables y cobardes que ni siquiera saben por qué se ofenden, pero sí recuerdan a qué número llamar para exigir una compensación.
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